Comunicado
El profeta Isaías (5, 1-7) y el Evangelio de San Mateo (21, 33-43) pintan la amarga sorpresa de Dios: Él esperaba justicia (en hebreo mishpat) y apareció derramamiento de sangre inocente (mishpah); esperaba rectitud (sedaqah) y he aquí, en cambio, el grito de los oprimidos (se’aqah).
Esta amarga sorpresa sigue presente en muchos sectores de la vida de los creyentes y ciudadanos.
Hay en la historia un misterio de pecado, de oscuridad y de obstinación con la maldad en la que todos participamos; pero al final habrá un juicio inevitable para juzgar las acciones de cada uno.
Sin embargo, de los escombros que el mal deja a sus espaldas, de la sangre que la violencia derrama por los caminos del mundo, de las contradicciones escandalosas de la historia, Dios logra hacer brotar una flor de vida.
¿Y nosotros, veracruzanos, dónde estamos?
Se ha perdido la conciencia moral cuando normalizamos el mal:
Cuando pedimos mordida para hacer un trámite que es gratuito.
Cuando pagamos cuota de pirataje, de lo robado, porque «sale más barato».
Cuando vemos al vecino vender droga a los muchachos de la escuela y decimos «no es mi problema».
Cuando nos quejamos de que no hay justicia, pero en casa gritamos, humillamos y aplastamos al más débil.
Dios esperaba de su viña uvas buenas. ¿Qué fruto le estamos dando hoy?
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